El mes de octubre fue una continuación del mes de septiembre, con una debilidad del mercado laboral en EE. UU. que impulsó la bajada de tipos de interés, dando alas a las bolsas junto con unos resultados trimestrales empresariales mejores de lo esperado.
En Europa, los datos macroeconómicos mostraron un sector servicios muy fuerte en España, Italia y Alemania, con unos datos de crecimiento económico en la zona euro también repuntando.
En Japón, la irrupción de la nueva primera ministra, favorable a incrementar las medidas de estímulo a la economía mediante políticas fiscales y monetarias expansivas, ayudó al sentimiento positivo del mercado.
Para acabar, los signos de desescalada arancelaria entre China y EE. UU. beneficiaron a Corea del Sur y Taiwán, entre otros emergentes, cuyo sector de semiconductores depende de las tierras raras chinas.
Todo ello tuvo su reflejo en las bolsas, que acabaron casi en máximos anuales, con el índice de bolsa global MSCI ACWI subiendo en el mes un 2,18 % en moneda local (USD).
Desglosando por regiones, en EE. UU. el S&P 500 subió un 2,27 %, mientras que el sector tecnológico, liderado por el Nasdaq, se revalorizó un 4,7 %. En Europa, el índice Bloomberg 500 cerró con +2,51 %.
En mercados emergentes, India acabó subiendo un 4,51 %, a la espera de un mejor trato por parte de EE. UU. China acabó plana ante la ausencia de más medidas de estímulo, una vez finalizada la reunión del Cuarto Plenario de mediados de octubre.
En renta fija, la quiebra de dos compañías estadounidenses, aunque puntual, afectó a algunos segmentos del crédito. Con todo, a cierre de octubre, el índice de renta fija High Yield subió un 0,69 %, mientras que la renta fija de gobiernos acabó plana, al igual que la renta fija corporativa de grado de inversión.
En este contexto tan incierto, el oro también se revalorizó.
El dólar acabó apreciándose ligeramente.
La incertidumbre ha dominado el panorama en 2025 hasta hoy: inestable situación geopolítica mundial, desaceleración laboral en EE. UU., posible burbuja en el sector de la IA, afectación arancelaria… Sin embargo, los mercados financieros en su conjunto continuaron con su trayectoria alcista, animados por unas políticas fiscales y monetarias acomodaticias, acompañadas de buenos resultados trimestrales y abundante liquidez.
El buen momentum en IA, junto con el apetito inversor minorista, también ayudaron.
Aunque esto es cierto, debemos tener en cuenta que más del 50 % del volumen negociado actualmente es vía gestión pasiva, beneficiando a las Magnificent 7, con un peso muy elevado en los índices. Ello significa, como ya hemos mencionado en anteriores artículos, que se compra exposición al mercado sin tener en cuenta la valoración concreta de cada una de las empresas que lo conforman. En resumen, no se seleccionan las empresas según sus fundamentales.
Este comportamiento conlleva que, por ejemplo, las compañías del Nasdaq sin ingresos hayan subido más de un 30 % en el año, superando incluso el rendimiento de algunas de las Magnificent 7. Lo mismo ha sucedido con las integrantes del índice de pequeñas compañías, donde las empresas con beneficios negativos han superado a aquellas con ingresos positivos.
Es un año en el que el inversor se fija e invierte según flujos y no según valoraciones, primando la rentabilidad sin tener en cuenta el riesgo asociado.
¿Significa que, como sostienen algunos, estamos ante una burbuja?
La diferencia principal respecto a la burbuja puntocom es que la mayor parte de las empresas afectadas son rentables a día de hoy. La preocupación fundamental radica en el retorno de la inversión del capex invertido en el sector tecnológico.
La alta demanda de infraestructura de IA, principalmente centros de datos, ha hecho que los principales hyperscalers (Amazon, Microsoft, Meta y Alphabet) hayan aumentado de forma sustancial sus objetivos de inversión en capital (capex) para los próximos años. Sin embargo, estos contratos son previsiones a largo plazo en un ecosistema circular: por ejemplo, el acuerdo entre Nvidia y OpenAI contribuirá a financiar la infraestructura de OpenAI, lo que a su vez impulsará aún más la demanda de chips de Nvidia.
Para que todo esto se logre, se necesita que los inversores (particulares y empresas) continúen invirtiendo, logrando así la caja recurrente necesaria para seguir financiándolo.
Cabe añadir que los activos alternativos están financiando gran parte de este crecimiento, aportando ingente liquidez para invertir a través de emisiones de deuda privada (actualmente la IA representa más del 14 % de la deuda con grado de inversión, según MFS, y más del 10 % de las emisiones en el segmento High Yield).
También las grandes compañías tecnológicas han empezado a emitir deuda para financiar su propio crecimiento, como por ejemplo el reciente anuncio hecho por Alphabet.
Esta creciente interconexión genera preocupación por la falta de transparencia y los posibles conflictos de interés. Además, no hace sino añadir más actores a esta dinámica, aumentando el riesgo sistémico.
Para que no se trate de una burbuja, estas inversiones deben poder monetizarse a través del consumidor o de la empresa. Actualmente, la tendencia es la monetización mediante las empresas, proporcionándoles mejoras en eficiencia/productividad y reducción de costes laborales. El consumidor, por ahora, difícilmente paga por uso.
Además, muchas de las Magnificent 7 (Alphabet y Microsoft, por ejemplo), además de sus ingresos derivados de la IA, cuentan con una mayor flexibilidad ante una posible desaceleración, a la par que disponen de otros motores de crecimiento estructural que podrían mitigar eventuales caídas de mercado.
Sea una burbuja o no, todo ello está llevando a una mayor desigualdad en EE. UU., con una clase alta beneficiada por los efectos de la política fiscal y las inversiones bursátiles, y una clase media-baja afectada por los despidos del DOGE y del sector privado, una inmigración más empobrecida sin acceso al lugar de trabajo por el riesgo de deportación, con menor poder adquisitivo y mayor afectación de la inflación, al no participar del aumento en las rentabilidades de los últimos años en los mercados financieros.
Actualmente, un 20 % de los consumidores genera la mitad del gasto en consumo estadounidense. Además, el shutdown de la Administración Trump está empezando a tener consecuencias, ya que los programas de ayuda asistencial se han quedado sin fondos, los trabajadores estatales han dejado de cobrar y millones de estadounidenses podrían ver incrementados significativamente los costes de sus seguros médicos. Todo ello podría provocar una desaceleración en el consumo americano —responsable del 60 % del PIB— y, por ende, erosionar la confianza inversora.
Para evitarlo, Trump necesita unos bajos tipos de interés que reduzcan el riesgo de impago macroeconómico, disminuyan el coste de la elevada deuda e incrementen las valoraciones de la renta variable (y, por ende, la renta disponible de los consumidores) de cara a las próximas elecciones de 2026.
Así, no solo se beneficiarían las grandes compañías, sino también las más pequeñas, que son las que generan más puestos de trabajo, aunque tengan un menor peso en los mercados financieros.
Asimismo, la bajada de tipos de interés conllevaría una mayor reasignación desde la renta fija hacia la renta variable. El carry del 4 % sin riesgo (con una inflación al 3 %) que aporta el activo se reduciría, lo que, por coste de oportunidad, activaría la inversión hacia la renta variable.
En cuanto a renta fija, Trump busca una desregulación bancaria que dé más margen de maniobra a los bancos para comprar más deuda, así como la emisión de stablecoins (criptomonedas que ligan su valor a un activo estable, como el dólar, para minimizar la volatilidad) respaldadas por deuda pública, favoreciendo también la compra de bonos del Tesoro. De esta manera, se sustituiría el declive inversor de China y Japón como principales tenedores internacionales de deuda estadounidense. Estratégicamente, así también se mantiene la dominancia global del dólar.
En resumen, después de acabar octubre cerca de máximos, con casi todas las noticias positivas ya descontadas por el mercado, queda poco margen para el error.
Es por ello que, en nuestras carteras de renta fija, primamos el corto plazo tanto por su menor volatilidad como por su alto rendimiento, sobre todo en crédito de grado de inversión y en una selección dentro del universo de baja calidad crediticia.
En cuanto a renta variable, buscamos diversificar de la concentración y alta valoración en las Magnificent 7, priorizando un mejor binomio rentabilidad-riesgo, e incrementando la protección de la cartera ante las bajadas a través de estrategias de opciones, sin perjudicar las subidas.
La gestión del riesgo, en este entorno, deviene fundamental.