Fecha
20 abril 2026

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Visión de mercados abril 2026

El año empezó con buena salud económica en general, confirmada por una buena temporada de resultados empresariales, batiendo estimaciones. Además, una inflación a la baja, permitió políticas monetarias más expansivas a excepción de EEUU, donde una inflación más persistente no permitió esta mayor relajación.

A mediados de trimestre, la sentencia de la Corte Suprema de EEUU en contra de la imposición de los aranceles recíprocos conllevó a su anulación y a la imposición unilateral por parte del gobierno de EEUU de un 10% de tarifa general global para cualquier importación. Este cambio benefició tanto a Europa como a algunos países emergentes, China entre ellos, con tarifas vigentes más altas hasta ese momento.

Una vez “solucionado” el déficit comercial de bienes (en servicios EEUU mantiene superávit), Trump se centró en la soberanía energética y geopolítica buscando consolidar la hegemonía de EEUU sobre el continente americano. Para ello:

  • buscó influenciar en elecciones sudamericanas a través de candidatos afines (Argentina o Chile) alineados con las políticas americanas, ya que el triángulo del litio y el cobre (Argentina, Chile y Perú) se está convirtiendo en una prioridad estratégica para la deslocalización cercana de EEUU dada su relevancia para las redes energéticas y las baterías eléctricas que impulsan la industria tecnológica y automovilística. Faltará Brasil, principal productor de petróleo de Latinoamérica con las segundas reservas de tierras raras más grandes del mundo solo superadas por China, con elecciones previstas para después de verano.
  • anexionarse Groenlandia (aunque por ahora lo ha dejado de lado)
  • o “tomar el control” de Venezuela y su petróleo con la captura de Maduro. 

Hasta aquí no hubo problemas. Sin embargo, al contrario que en anteriores decisiones, la guerra abierta contra Irán con el objetivo de derrocar el régimen y negarle acceso a la bomba nuclear, ha provocado un shock energético con múltiples consecuencias. Han pasado más de cinco semanas desde el inicio del conflicto, con un precio del gas, petróleo y derivados disparado con consecuencias, en un primer momento, de disrupción de suministro y subida de la inflación.

Los mercados financieros reaccionaron con caídas en la renta variable y también en la renta fija al descontar un aumento de la inflación. En este contexto los refugios tradicionales como una mayor duración en renta fija o el oro no funcionaron. En cambio, las materias primas, especialmente la energía, junto con el efectivo son los activos que se mostraron más eficaces como cobertura en este entorno.

El activo estrella en el trimestre fueron las materias primas con una subida del 24,4% en el índice Bloomberg Commodity.

En agregado, la renta variable tuvo un comportamiento negativo en el trimestre afectado principalmente por el conflicto iraní. El índice de renta variable global MSCI ACWI cayó un 3,52%. Las regiones más afectadas fueron Europa, Japón y algunos mercados emergentes por su dependencia al petróleo y gas procedente del estrecho de Ormuz. El índice europeo acabó con una rentabilidad negativa del -3,91% (Euro Stoxx50) mientras que el índice de mercados emergentes (MSCI EM) cayó solo un 0,51% consecuencia de la divergencia entre países asiáticos, afectados por el cierre de Ormuz, y los países latinoamericanos, menos afectados en un primer momento. Destacar por ejemplo Brasil con una subida en el trimestre del 16,77% o Corea, que incluso con las caídas acabó con un 17%. El Nikkei japonés acabó ligeramente positivo con un 1,44%.

EEUU, con soberanía energética y beneficiada por el aumento de exportaciones de gas a Europa, quedó más aislada. Sin embargo, en este caso, la aparición de nuevas aplicaciones de IA que puedan hacer obsoletas algunas empresas de software penalizó al sector tecnológico con caídas en el Nasdaq del 7,11% en el periodo. El índice de referencia americano, S&P500, tuvo una caída menor, -4,63%, al compensar estas bajadas con los mayores beneficios de los sectores de petróleo y materias primas.

En Renta fija, los bonos gobierno globales estuvieron presionados ante un escenario de mayor inflación descontando subidas de tipos de interés en Europa, pero con incógnita en EEUU al depender las decisiones de su banco central no solo de la evolución de la inflación sino también de los datos de crecimiento económico.

En crédito, los spreads se ampliaron afectando más al crédito de peor calidad. También sufrió la renta fija emergente ante el mayor riesgo geopolítico y la apreciación de la divisa dólar.

En este contexto, comenzaron a aflorar tensiones en determinados segmentos puntuales del crédito privado y preocupación por el aumento de emisiones de deuda para la financiación del crecimiento por parte del sector tecnológico. Además, posibles subidas de tipos de interés causarían problemas a una parte de la billonaria banca a la sombra.

En el trimestre el dólar se apreció y el oro, activo refugio, cayó. Las causas deben buscarse en un fuerte repunte de los tipos reales, la fortaleza del dólar y la sobrecompra técnica. También afectó la venta que hizo Turquía de un 10% de sus reservas de oro, activo muy líquido, en un intento de defender su moneda hundida por la apreciación que ha sufrido el dólar como activo refugio tras el inicio de la guerra.

En resumen, continuamos inmersos en un cambio de orden mundial ya no solo afectando al comercio global como fue el año pasado sino también a la geopolítica y la soberanía energética con consecuencias de alcance aún incierto.

La geopolítica domina los mercados en el corto plazo con subidas o bajadas en los mercados según las noticias que van surgiendo en torno al conflicto.

Sin embargo, la imprevisibilidad en cuanto a Trump y sus decisiones junto con la disrupción energética causada por la guerra (aún sin resolver y con el estrecho de Ormuz cerrado) tendrán una afectación en las empresas por la disrupción de suministros, mayores costes y mayor incertidumbre a la hora de planificar inversiones. El estrecho de Ormuz es también la principal ruta de tránsito de helio, nafta y fertilizantes entre otras materias primas de difícil sustitución en los procesos productivos, lo que introduce riesgos adicionales sobre la inflación de alimentos y la cadena de suministro global. La afectación alimentaria puede arrancar en abril con la siembra de maíz y soja, para la que podría faltar fertilizante. La prueba de fuego la tendremos con la publicación en los próximos meses de datos macroeconómicos de inflación y crecimiento y en el corto plazo con la publicación de los resultados trimestrales de las empresas del primer trimestre 2026. En estos, las expectativas que den darán una idea del alcance y afectación en el crecimiento global.

Una prolongación del conflicto podría amenazar el único sector con crecimiento de márgenes, el sector de la inteligencia artificial ya que los productos químicos (helio) necesarios para la fabricación de los chips que se usan en los masivos centros de datos de IA, no pueden llegar a Taiwán, donde la compañía TSMC produce la práctica totalidad de los chips avanzados de IA que comercializan gigantes como Nvidia.

Por otro lado, casi la mitad de los centros de datos que tenían previsto abrir este año posiblemente sufrirán retrasos, según un estudio de Sighline Climate publicado por Bloomberg por la insuficiencia de los componentes necesarios (transformadores, equipos de conmutación y baterías) para la construcción de esta infraestructura digital. Se espera que entre el 30% y el 50% de los proyectos previstos para el 2026 se retrasen. También se da un déficit de trabajadores lo que ha llevado a los constructores de estos centros de datos a depender de importaciones chinas, país que domina toda la cadena productiva de las baterías. 

La participación china en el volumen de importaciones estadounidenses de baterías sigue manteniéndose en el 40%.

Es poco probable que los mercados energéticos vuelvan rápidamente a los precios anteriores al conflicto: no solo porque deberán reabastecerse los depósitos vacíos, sino también porque parte de la infraestructura está dañada por lo que habrá restricciones de oferta.

El mundo es hoy un 60% menos dependiente del crudo que en los años 70 lo que amortigua el impacto estructural: el petróleo debería superar de forma sostenida los 140 dólares el barril para desencadenar una recesión o mercado bajista.

De todas formas, cierta prima geopolítica permanente ya está incorporada en los mercados energéticos sobre todo en la región asiática, más dependiente de la energía del Golfo donde las empresas y el consumidor final ya están sufriendo las consecuencias de este shock energético. Por ejemplo, en Filipinas se decretó el “estado de emergencia nacional” o en Sri Lanka se impuso el miércoles como día festivo para reducir el consumo de electricidad.

China está sorteando la crisis mejor que el resto de economías asiáticas gracias al trato preferente de Irán y el petróleo ruso junto con su apuesta por el coche eléctrico y las renovables desde hace tiempo.

En Europa, se empiezan a vislumbrar los efectos reales con anuncios por parte de algunas aerolíneas de falta de combustible en el medio plazo. Sin embargo, el consumidor final por ahora solo nota los aumentos de precios, aún no está notando esta escasez en el producto/servicio final.

Lo mismo pasa en EEUU que permanece relativamente más aislada, pero con unos mayores precios energéticos que están castigando a un consumidor final y que le restarán votos en las elecciones de medio mandato. El aumento del precio de la gasolina es el más impopular de todos: actualmente se encuentra por encima de los 4 dólares el galón para el vehículo particular, pero se eleva a 5,68 para el diésel necesario para los trenes y vehículos que transportan carga por EEUU (con un máximo histórico de 5,816 dólares).

A todo ello debemos añadir que un estudio publicado por el Banco Central Europeo concluye que un 95% de los costes de los aranceles impuestos por el presidente Trump recaen en las empresas y consumidores americanos.

Con esta subida del coste de la vida, la confianza del consumidor americano se ha desplomado a mínimos. La política fiscal debería poder amortiguar en parte esta caída.

Continúa preocupando también la deuda pública americana. El elevado coste de la guerra, que asciende a unos mil millones de dólares al día, incrementa la deuda pública. Trump ya dijo que pedirá al Congreso autorización para gastar unos 200.000 millones de dólares más (un 40% por encima del 2026, el mayor nivel de la historia), un volumen enorme de dinero que se financiaría con mayor endeudamiento público y por tanto mayor inflación. Todo ello teniendo en cuenta que el coste de los tipos de interés de la deuda americana son cada vez un mayor porcentaje del gasto.

En este escenario, nuestra visión es cauta, con un posicionamiento que mantenemos prudente ante un Trump que está arriesgando mucho. Nos adentramos cada vez más en un entorno de desorden controlado según sean las decisiones tomadas por Trump generando rotación y dispersión en lugar de una dirección uniforme del mercado.

Además, otros factores podrían empezar a impactar a los mercados.

Por ejemplo, los países del golfo gestionan en sus fondos soberanos unos activos de 4,35 billones de euros, equivalentes al PIB de dos años de España, Portugal y Grecia. Estos países están sufriendo unas pérdidas brutales por los daños en sus infraestructuras, la pérdida de las exportaciones de petróleo y gas y el colapso de otros sectores claves como el turismo y la aviación. Si necesitan recurrir a esos fondos para compensar estas pérdidas pueden tener un gran impacto desestabilizador en los mercados financieros. Cuando hay necesidades de liquidez, se venden primero los activos más líquidos donde sus ventas pueden mover menos los precios perjudicando menos sus estrategias, renta fija antes que acciones. En estas últimas semanas los bonos de largo plazo de EEUU tuvieron salidas masivas, a niveles cercanos a la crisis del 2020. Si las disrupciones finalmente se quedan en temporales, los precios recuperarán. Sin embargo, si el conflicto se mantiene y se necesita mayor liquidez vendiendo renta variable, las salidas de los fondos puede hacer caer a las bolsas, especialmente el Nasdaq.

Con tan poca visibilidad de lo que va a suceder en el corto plazo, no se han hecho grandes cambios estratégicos sino más bien ligeros movimientos tácticos:

En Renta Fija el objetivo es buscar income y estabilidad. La mayor inflación descontada por el mercado ha reajustado los precios de la renta fija en consecuencia, lo que ha llevado a un aumento en los rendimientos de los bonos. La volatilidad en los mercados de renta variable ya se presupone, pero no así en los de renta fija donde el inversor lo que busca es una rentabilidad estable sin volatilidad. Las estrategias de duración corta y de protección contra la inflación deberían ayudar a mejorar la resiliencia de la cartera en este entorno. Si posteriormente, los datos macroeconómicos evidenciaran un crecimiento más lento, los bonos gubernamentales deberían recuperar su papel defensivo.

La renta fija continúa jugando un papel relevante en la construcción de carteras pero su propósito/objetivo está cambiando.

En renta variable, buscamos focalizarnos en fuentes de crecimiento resiliente en este mundo tan inestable. Por ahora, el shock iraní no es suficientemente fuerte para compensar los drivers de crecimiento estructural como son el gasto en IA (tecnología, semiconductores), el renacimiento industrial (defensa o infraestructura) o la One Big Beautiful Bill (OBBBA) en EEUU beneficiando a pequeñas compañías, por ejemplo.

El mercado es volátil por naturaleza y las crisis son inherentes al mercado.

A lo largo de la historia, hemos experimentado crisis financieras, choques en la oferta y otros eventos catastróficos, como la pandemia de COVID, que causaron caídas significativas a corto plazo. No obstante, el mercado ha mostrado su capacidad de recuperación, superando estos obstáculos que, desde una perspectiva a largo plazo, se ven como simples tropiezos. Esto ha resultado en una rentabilidad promedio del índice de renta variable global del 8%.

Es importante no confundir el comportamiento del mercado a corto plazo, que responde a emociones y reacciones inmediatas, con una estrategia sólida a largo plazo que ya contempla estos riesgos.

Fecha
20 abril 2026

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