Fecha
8 octubre 2026

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Julio estuvo marcado por dos factores

Julio estuvo marcado por dos factores: uno macroeconómico, como es la escalada del conflicto iraní, y otro microeconómico, centrado en comprobar la sostenibilidad de la inteligencia artificial como vector de crecimiento global a través de los resultados empresariales del segundo trimestre publicados por las compañías.

El primero derivó en una caída generalizada de las bolsas, al mismo tiempo que aumentaban las expectativas de subidas de los tipos de interés, dado que el precio del petróleo volvió a situarse por encima de los 100 dólares por barril. Con ello, la bolsa global (MSCI ACWI Index) acabó el mes con una rentabilidad positiva del 0,10%, mientras que la renta fija registró un comportamiento negativo.

El segundo factor ayudó al mercado a seleccionar aquellas empresas, regiones y sectores con mejores perspectivas ante unas valoraciones ya muy exigentes, y a penalizar aquellos cuyos resultados, aunque batieran expectativas, no compensaran un mayor gasto en capex o unas valoraciones elevadas.

Ello comportó caídas del 12% en el subsector de semiconductores, ante el temor a una desaceleración de la demanda de chips a partir de 2027, después de partir de unas expectativas demasiado optimistas. Este movimiento se vio amplificado por las ventas forzadas por parte de los hedge funds. También se produjeron caídas en el índice tecnológico por excelencia, el Nasdaq, que retrocedió un 6,59%. En cambio, el S&P 500 estadounidense, con un menor peso de este tipo de compañías, acabó el mes plano.

Esta caída del sector tecnológico también tuvo su efecto en el índice de mercados emergentes, dado el enorme peso del sector de semiconductores en su composición, con una caída del 3,03% (MSCI Emerging Markets Index). Destaca especialmente el descenso del 22,18% del índice coreano Kospi durante el mes como consecuencia de lo anterior, agravado además por las ventas apalancadas de los inversores minoristas.

En Japón, el índice Nikkei, también con un elevado peso del sector tecnológico, tampoco se libró de las caídas y se dejó un 8,13% durante el mes.

En Europa, en cambio, la evolución fue más positiva, con una rentabilidad del 1,27% (Stoxx 600), gracias a su sesgo hacia compañías financieras e industriales.

La subida del precio del petróleo, junto con la publicación de datos de crecimiento económico resilientes, comportó el descuento de una mayor probabilidad de subida de los tipos de interés este año en EE. UU. Con ello, las pequeñas compañías tampoco tuvieron una buena evolución, dejándose un 3,02% (Russell 2000 Index) durante el mes de julio.

En renta fija, los rendimientos de la deuda soberana aumentaron al descontar los inversores una inflación más elevada durante más tiempo de lo esperado. En términos de precio, la más afectada fue la deuda a más largo plazo, ya que, además de la incertidumbre inherente al contexto actual, debe añadirse la preocupación por el volumen de deuda y las restricciones fiscales.

En crédito, la deuda de peor calidad crediticia tuvo una mejor evolución que la deuda con grado de inversión, dado que su mayor cupón ayudó a amortiguar las caídas en precio.

En este contexto, el dólar se depreció ligeramente frente al euro.

¿Qué hacer ante este contexto?

Ante esta situación, continúa primando la prudencia en un mercado donde, como ya hemos comentado en anteriores ocasiones, actualmente el rendimiento implícito de los beneficios del S&P 500 se sitúa alrededor del 3,5%, mientras que las letras del Tesoro de EE. UU. ofrecen una rentabilidad sin riesgo cercana al 4% y los bonos soberanos a 10 años, un 4,73%.

Históricamente, esta situación es poco frecuente. Lo habitual es que la renta variable ofrezca una rentabilidad esperada superior a la de la deuda pública para compensar el mayor riesgo que asume el inversor.

Por tanto, a la hora de construir cartera, en renta fija se prioriza la rentabilidad que ya ofrece el corto plazo y que aporta estabilidad a la cartera, alejándola de la volatilidad de los vencimientos más largos. En crédito, se seleccionan fondos con una buena combinación entre bajo riesgo crediticio y buena calidad, que aporten un plus de rentabilidad.

En cuanto a emisiones, se priorizan fondos que seleccionen e inviertan en sectores tradicionales fuera del sector tecnológico, que podría comportar una mayor volatilidad y riesgo en la vertiente de renta fija, dado el elevado porcentaje de nuevas emisiones registrado durante el año ante la mayor necesidad de financiación de estas compañías.

Actualmente, el mercado de renta fija es más atractivo que a principios de año, ya que la subida de tipos en Europa, junto con las expectativas de subidas tanto en Europa como en EE. UU., ha hecho que los rendimientos actuales sean más elevados. Por ejemplo, el bono estadounidense a 10 años ofrece actualmente un rendimiento del 4,73%, mientras que el bono alemán a 10 años ha pasado a ofrecer un 3,20%. Si el conflicto con Irán llegara a su fin, estos podrían ser los máximos del año, lo que aportaría rentabilidad adicional.

Además, el 49% del mercado de bonos estadounidenses no está reflejado en el índice Bloomberg US Aggregate, por lo que la posibilidad de generar alfa con una menor volatilidad para los gestores activos es más elevada.

En renta variable, el crecimiento económico global continúa mostrando una notable resiliencia, algo que también reflejan, en términos generales, los resultados empresariales que se han ido publicando durante la temporada de presentación de beneficios. Sin embargo, la elevada concentración del mercado en determinadas temáticas, unas valoraciones cada vez más exigentes y el auge de la gestión pasiva hacen necesario construir carteras con un menor riesgo y volatilidad, sin renunciar al potencial de rentabilidad.

Actualmente, el elevado nivel de apalancamiento, junto con la fuerte inversión de los inversores minoristas en ETF y otros vehículos de gestión pasiva, así como la creciente influencia de los hedge funds —que concentran más del 50% de los flujos de negociación del mercado—, están definiendo las reglas del juego actuales. En este contexto, los movimientos del mercado responden cada vez más a flujos automáticos de inversión que a la valoración que realizan los inversores sobre la calidad, las perspectivas o los beneficios futuros de las empresas.

A día de hoy, solo los tres mayores fondos indexados que replican el S&P 500 gestionan conjuntamente más de 2,6 billones de dólares, lo que equivale aproximadamente a tres veces la capitalización de toda la bolsa española —Ibex y resto de mercados—.

Teniendo esto presente, y dejando de lado la imprevisibilidad de Trump y el ruido geopolítico, el mercado se caracteriza por una elevada dispersión entre factores, regiones y sectores, en un contexto en el que las grandes temáticas de inversión están teniendo un mayor peso que los propios fundamentales empresariales. En consecuencia, la capacidad de seleccionar adecuadamente debería ser una de las principales fuentes de generación de rentabilidad durante lo que resta de año.

En este sentido, los mercados emergentes continúan ofreciendo oportunidades atractivas gracias a unas valoraciones relativamente más bajas, un mayor margen para reducir los tipos de interés y la posibilidad de aplicar políticas de estímulo que impulsen el crecimiento económico. Asimismo, las compañías de pequeña capitalización presentan valoraciones comparativamente más atractivas que las grandes empresas y, al mismo tiempo, pueden beneficiarse del fuerte desarrollo del sector tecnológico al actuar como proveedores de bienes y servicios necesarios para el despliegue de su infraestructura física.

Por otro lado, Estados Unidos sigue manteniendo una posición privilegiada como el mercado más atractivo para hacer negocios. Las empresas estadounidenses disfrutan de una mayor longevidad y capacidad de crecimiento que sus homólogas internacionales gracias a una combinación de factores estructurales, entre los que destacan un acceso más sencillo al capital, la dimensión de su mercado interno, un mercado laboral más flexible que permite ajustar costes con rapidez y un entorno regulatorio relativamente favorable, que facilita tanto el crecimiento como la capacidad de adaptación de las compañías.

En definitiva, el objetivo debe ser construir carteras resilientes, capaces de ofrecer una adecuada combinación entre rentabilidad y control del riesgo en un entorno de elevada incertidumbre y creciente dispersión entre activos. En un mercado donde los flujos de inversión y las grandes tendencias temáticas tienen una influencia creciente sobre la evolución de los precios, mantener una gestión activa basada en el análisis, la diversificación y la selección rigurosa será un elemento diferencial.

La flexibilidad para adaptarse a un entorno cambiante, junto con la identificación de oportunidades en aquellas áreas del mercado donde las valoraciones siguen siendo razonables y los fundamentales permanecen sólidos, permitirá afrontar la segunda parte del año con una mayor capacidad para generar valor de forma consistente para los inversores.

 

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8 octubre 2026

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